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Imran Khan no es el marqués de La Fayette

Por lo general, todos tenemos claro lo que significa ser ciudadano de nuestro país. No es una cuestión de orgullo sino de asociación con una identidad más o menos definida. A unos les gusta más que a otros pero más o menos nos entendemos, con excepciones, por supuesto.


Pakistán es un caso diferente. Es un país joven cuya definición nunca ha estado clara. “Incapaz de escapar del síndrome de la India, [Pakistán] ha fallado a la hora de labrar una identidad independiente más allá de aquella moldeada como un rival de la India”, dice la editora británica Farhana Shaikh.


Si Ali Jinnah, el padre del país, estuviera vivo hoy en día probablemente se revolvería y moriría con la boca abierta. Pakistán ha pasado de ser un hogar secular para los musulmanes del subcontinente indio tras la Partición a ser una república islámica donde cada día se cuestiona cuál es la versión oficial del islam y donde se persigue a las minorías religiosas y se promociona el terrorismo islamista.


Como dice la politóloga Arshi Saleem Hashmi, “la mayoría de los pakistaníes de las zonas rurales siguen siendo ambiguas en cuanto al islam y su religión se mezcla fuertemente con prácticas autóctonas, creencias sufíes e incluso con prácticas hindúes y budistas”, lo que se da de bruces contra los intentos de homogeneizar la identidad musulmana del país que han tenido lugar desde finales de los años 70 cuando el general Zia-ul-Haq se hizo con el poder.


Quizá la mejor forma de definir Pakistán hasta ahora sea hablando de una tierra de continuas contradicciones que coexisten incómodamente mientras los pakistaníes intentan encontrar una identidad alternativa.


De alguna manera, Imran Khan se ha convertido en la personalización de la contradicción pakistaní. Si hay algo de romántico en esta historia es solamente el valor que Imran Khan ha adquirido tras un recorrido de ideología extremadamente fluida.


Hasta el momento, los líderes del país han representado una cosa o la otra. Jinnah, el Pakistán secular. Zia-ul-Haq, la islamización del país. Imran Khan lo ha abarcado todo en sus 27 años de carrera política dentro del Movimiento por la Justicia de Pakistán (PTI).


Nadie apostaba un céntimo por Khan cuando fundó su hospital oncológico hasta que el propio ejército, que es quién realmente manda en Pakistán, lo impulsó a la presidencia. El hospital no es el único proyecto que el ex jugador de críquet lanzó. También construyó universidades como Nalam o al-Qadir University de estudios islámicos y espirituales a la que da nombre uno de los nombres de Dios según el islam pero también el gran santo sufí Abd al-Qadir al-Gilani.


Sin embargo, la política de Khan ha cambiado radicalmente en función de la vulnerabilidad de su mandato.


El aspecto espiritual de Khan

El mundial de críquet de 1992 es un evento que sin duda Khan recordará toda su vida. Pakistán perdió 3 de los 5 primeros partidos y estuvo a punto de ser eliminado en la primera ronda.


Khan estaba lesionado y la cosa no pintaba bien así que visitó a su maestro espiritual de entonces. A pesar del mal comienzo de la selección, el maestro aseguró que Pakistán ganaría el torneo ese año. Así fue la primera y única victoria de Pakistán hasta ahora.


Años más tarde, Imran Khan contrajo matrimonio con Bushra Begum, o Pinky Pirni, como se hace llamar, que dice ser sanadora y maestra espiritual sufí a pesar de su cuestionable legitimidad según las autoridades religiosas sufíes del país.


Desde que Begum se convirtió en la maestra espiritual de Khan, su creciente protagonismo ha provocado que varios miembros de PTI tomen distancia de su líder.

En 2018, Khan anunció la construcción de la Universidad al-Qadir, inspirada por Begum y que hoy dirige ella misma.


El caso de Al-Qadir University

Cuando Khan fue arrestado en la Corte de Islamabad el pasado 9 de mayo por las fuerzas paramilitares Rangers, el ex primer ministro había sido acusado de varios casos de corrupción. La construcción de la Universidad al-Qadir es uno de ellos.


En 2019, el Reino Unido repatrió 190 millones de libras a Pakistán al sospechar que pudieran proceder de actividad ilegal. El dinero pertenecía al empresario pakistaní, Malik Riaz Hussain, que presuntamente habría donado un terreno a la fundación de Khan y Pirni a modo de soborno para que el dinero no llegara al tesoro del Estado. En su lugar, el dinero se utilizaría para pagar las multas que Hussain debía pagar por la adquisición de tierras gubernamentales por un precio inferior al del mercado en Karachi.


Cuidado con meterse con el ejército

En Pakistán, el parlamento es la cara de una clase militar que toma las decisiones en la sombra. Los equilibrios que el ejército ha estado haciendo durante décadas en Afganistán para mantener a los talibanes a raya sin permitir la estabilización del país vecino son dignos de estudio.


El juego de doble cara de Pakistán en su política exterior siempre ha sido evidente y cuando Khan sintió que estaba perdiendo apoyo no dudó ni un minuto en exponerlo y desafiar al ejército que lo había puesto al mando en primer lugar.


La campaña victimista de Khan comenzó y la línea se endureció. “Es una bendición que los talibanes hayan retomado el control en Afganistán”, decía en febrero asegurando que así se impediría la infiltración de terroristas en Pakistán a través de la frontera occidental.


El hecho de que Khan construyera una universidad de corte sufí mientras apoyaba el retorno de los talibanes en Afganistán y mandaba tropas para reforzar el ejército azerí en Nagorno Karabaj es solo otro ejemplo de lo contradictorio del personaje.


La fluidez moral de Khan es precisamente lo que ha polarizado la población pakistaní. En Pakistán ahora solo se puede amar u odiar al ex Primer Ministro. No hay punto medio. Familiares han dejado de hablarse por un jugador de críquet retirado que ahora se convierte en un mártir de lo que muchos llaman peligrosamente “revolución”.


Pero en Pakistán no se juega con los militares. Los toques islamistas y el desafío al ejército que no cayeron bien y provocaron una moción de censura en 2022. En consecuencia, manifestaciones masivas donde Khan sufrió un intento de asesinato.


Un disparo en la pierna en pleno desfile de seguidores y miembros de PTI. Para muchos es difícil creer que el disparo fallase asumiendo que el ataque había sido planeado por la inteligencia militar (ISI).


La “revolución” pakistaní

La Corte Suprema declaró ilegal el arresto de Khan después de que los seguidores de PTI salieran a las calles y crearan disturbios por todo el país. Al menos 27 personas murieron durante las protestas que algunos veían como una revolución romántica en toda regla.


Pakistán es un país complejo donde no hay un rey al que cortar la cabeza. Nunca ha sido fácil diferenciar entre los buenos y los malos pero en este caso es aún más complicado.


El país sufre una crisis múltiple y los pakistaníes han visto una oportunidad de expresar su frustración en un momento en que la inflación alcanza niveles insoportables. De alguna forma, Imran Khan se ha convertido en un símbolo para los enfadados aunque no exista garantía de que el símbolo y los enfadados tengan en realidad los mismos objetivos.


Pero solo porque Imran Khan sea una estrella altamente carismática no podemos hablar de revolución como si de una novela de Victor Hugo se tratase. Imran Khan no es Lamarque ni el marqués de La Fayette. Pero si queremos hablar en esos términos, solo tenemos que recordar la historia de Robespierre. Mejor no llegar a ese punto.


Las acciones violentas no se pueden justificar ni se le puede echar pétalos de rosa solo porque haya restricciones en el uso de redes sociales como respuesta a protestas violentas. La prudencia es clave para hacer declaraciones que puedan fomentar la violencia por muy justa que pueda parecer a simple vista. Es especialmente fácil fantasear, gritar “libertad, igualdad y fraternidad” y alentar a la discordia cuando uno la ve a través de una pantalla que puede apagar e irse al bar con los amigos.

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