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¡A por las pizarras electrónicas!



Ahmed tiene un coche gris que acaba de lavar para la ocasión. “El instituto no está muy lejos pero vamos a las afueras”. “Cuando los profesores nos graduamos nos mandan a estos sitios abandonados”, dice mientras da unos volantazos.


“Durante los cinco primeros años tenemos que estar aquí. A los profesores más experimentados los mandan al centro de la ciudad”.


Las calles del barrio de Ur, en Bagdad, son una mezcla entre polígono industrial polvoriento y una colección de grandes avenidas bajo el sol que a las 8 de la mañana ya hace que cruja la piel.


Cuando Ahmed se baja del coche para abrir la gran puerta metálica de este instituto público, el guarda de seguridad se enfada un poco. Ese es su trabajo y nadie debe mancillarlo.


El guarda se queda dándole cariños a su puerta y Ahmed aprovecha para colarse en su despacho y descasar un poco.


“La media de alumnos por clase aquí es de 80. Lo sé, es una locura”. “Pero por fortuna el gobierno ahora permite que los alumnos no vengan a clase y solamente se examinen a mediados y finales de curso”, continúa Ahmed.


El gobierno iraquí no ha parado de construir escuelas en los últimos años pero la falta de recursos no permite reducir el número de alumnos sin mandarlos a casa.


Parece que Ahmed no sabe si reír o llorar. Opta por la primera. Pero es que este año los alumnos de su centro no han podido dar tres de las asignaturas del programa. “Incluso hemos ido al Ministerio de Educación para quejarnos pero siempre nos dicen que no hay suficientes profesores”, apunta con preocupación ante esta escena surrealista.


Ahmed sentado en la oficina del guarda de seguridad. | Alejandro Matrán

A pesar de todos los problemas que encuentra el centro, Ahmed insiste en el trabajo que está haciendo el gobierno para mejorar la calidad de la educación en Iraq.


“Todos los profesores estamos obligados a hacer cursos de formación relacionados con nuestra especialidad”. El programa dura cinco días. “¿Cursos de formación?”, dice Jouda, profesora tunecina de un colegio privado internacional.


“Tengo una niña en clase que en cuanto levantaba un poco la voz se asustaba porque en el colegio al que iba antes les pegaban”, continua riendo también para evitar las lágrimas.


El colegio en el que trabaja pertenece a una fundación turca. Maarif es el nombre que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, le dio a esta institución, presente en más de 60 países y con varios campus en Iraq, tras borrar del mapa a Ishq, de la oposición.


“No podemos quejarnos. Tenemos todo lo que necesitamos”, dice Jouda con firmeza. “Al principio no teníamos pizarras electrónicas, por ejemplo, pero las pedimos y ahora todos tenemos”.


Cada campus de Maarif funciona de forma casi independiente. Los directores trabajan directamente para el Ministerio de Educación turco pero gran parte de la inversión viene del sector privado iraquí. “El campus de Erbil es infinita mente mejor que los del sur. Allí tienen el sistema IB y aunque en Bagdad están intentando implantarlo, el gobierno lo va a poner muy difícil”.


Jouda en una clase de matemáticas.

Aunque Maarif reluce a simple vista, las condiciones laborales varían en función de la nacionalidad de los empleados. “Por algún motivo el equipo iraquí no quiere firmar contratos. Los inversores iraquíes le habían pedido a una compañera que firmara un contrato pero ella no quiso. Tras quedarse embarazada, la administración turca, que es la que decide quién se queda y quien se va, la despidió”, dice Jouda con evidente frustración.


“Es una pena porque hace unos años, el gobierno iraquí mandaba a sus profesores a mi país, Túnez, y al resto del norte de Africa. Ahora es al revés”. Ahmed no opina diferente. “La educación iraquí antes de 2003 era de las mejores de toda la región. Y ahora míranos”.


Mohammed es compañero de Ahmed. Él estudio teatro y es pluriempleado. En su segundo centro dirige obras de teatro con sus alumnos. “Esta obra trata sobre la realidad iraquí”, dice mientras señala con el dedo índice un libreto enrollado. Tras una performance improvisada en la oficina del guarda de seguridad, se sienta en una silla roja y entre suspiros y largos silencios encuentra algo que decir.


“Hace un tiempo fui a Túnez y me sorprendió lo importante que es el teatro allí, especialmente el teatro escolar”. “Los profesores iraquíes necesitamos salir del país y ver mundo y la tecnología que hay disponible. Necesitamos pizarras electrónicas.”


Apoyada sobre su codo izquierdo, Jouda salta inmediatamente. “En Túnez la educación pública es mucho mejor que aquí. Para empezar tenemos muchas más horas de clase. ¿Qué esperamos de un sistema que contempla sólo cuatro horas de clase diarias como es el caso de Iraq?”.


“Las escuelas públicas no tienen aire acondicionado ni calefacción. Aquí hace mucho calor y en invierno mucho frío. ¿Cómo podemos esperar que los alumnos vayan a clase siquiera? No entiendo por qué el gobierno no invierte en sus niños”, continúa exaltada.


“Durante la pandemia nosotros continuamos online porque la gente paga 5000 dólares por niño y se entiende que tienen dinero para comprar un ordenador. Pero los colegios públicos han perdido dos años de educación”. Mira al techo, se lleva la mano al pecho y resopla sin saber qué más decir.


Zain explica las preguntas del examen. | Alejandro Matrán

Al entrar en clase de Zain, el profesor de árabe, solamente se ven un par de decenas de alumnos. ¿No había una media de 40 por clase?


“Es que tienen examen”, dice Ahmed. Zain no habla mucho, se queda en la puerta y echa un ojo al pasillo de vez en cuando.

“Literalmente está suplicándole a los alumnos que entren en el aula para examinarse”.


El gobierno iraquí ofrece escuelas para alumnos con notas altas. Los padres hacen lo que pueden para poder llevar a sus hijos a uno de ellos.


A Jouda se le ha cambiado la cara. Desvía la mirada y aprieta los labios. “En cuanto a los exámenes, sí, hay presión. No nos dejan poner menos de un 5”. “Muchos profesores se dedican a satisfacer a los padres, y por lo tanto, a la administración. A menudo me dicen ‘sácalos al patio y juega con ellos…’ ¿Para qué? ¿Para que no aprendan nada y luego me presiones para que les ponga un 10 a todos? Yo no hago eso”.


Ahmed ya está acostumbrado a todo este surrealismo. “En el colegio en el que trabajaba antes estaba rodeado por viviendas y los alumnos solían escaparse saltando la valla. O sus hermanos y amigos la saltaban hacia dentro y se reunían todos en el patio. Pero este centro es mejor porque está en medio de la nada así que aquí no pasa eso”, apunta casi dando las gracias.


Los alumnos de Zain guardan silencio antes de comenzar el examen. | Alejandro Matrán

Sin embargo, nadie diría que el inspector del Ministerio está hoy de visita en el centro. El caos es evidente. La sensación es de que los estudiantes están en un descanso permanente. Juegan por los pasillos como si estuviesen en un parque y las aulas están vacías. Algunas incluso tienen los pupitres boca abajo. Total, nadie los usa.


“El director está sonriendo. Eso es que el inspector no ha hecho ningún comentario malo”, dice la sonrisa de Ahmed, aunque es difícil leer lo que realmente quiere decir con esa frase.



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